En la antigua mitología hindú, los Vasus eran deidades primordiales, espíritus luminosos que encarnaban las fuerzas esenciales del universo.
Representaban la tierra, el agua, el fuego, el viento, el cielo y los grandes astros, como el Sol, la Luna y las estrellas.
Cuenta la historia, que un día los Vasus fueron a la montaña con sus esposas y vieron por un camino la ermita de Vasishtha.
Uno de ellos vio a Nandini, la vaca de Vasishtha, que pastaba allí.
La divina belleza de su forma lo atrajo, llamando la atención de los otros acompañantes hacia aquel armonioso animal.
»Una de las esposas le pidió a su marido que la obtuviese para ella, a lo que él le respondió: »—¿Qué necesidad tenemos nosotros, los Devas, de beber leche de vaca? Esta vaca le pertenece al sabio Vasishtha, dueño de todo este lugar.
Es posible que un hombre se vuelva inmortal bebiendo leche de esta vaca, pero qué beneficio nos reportaría a nosotros que ya somos inmortales.
No merece la pena provocar la ira de Vasishtha tan sólo para satisfacer un capricho.
»Pero la esposa continuaba insistiendo: »—Tengo una compañera en el mundo de los mortales y es por ella que te lo pido; podemos irnos con la vaca antes de que regrese Vasishtha.
Por favor, hazlo por lo que más quieras, este es mi más profundo deseo. »
Finalmente su esposo cedió, y entre todos los Vasus cogieron la vaca y se la llevaron con ellos.
Cuando Vasishtha regresó a la ermita, notó la falta de la vaca, pues le era imprescindible para sus rituales diarios.
Y usando el poder del yoga enseguida vio todo lo que había pasado.
La ira se apoderó de él y pronunció una maldición contra los Vasus.
El sabio, cuya única riqueza era su austeridad, les condenó a que nacieran en el mundo de los hombres.
Cuando los Vasus supieron que habían sido maldecidos se arrepintieron, aunque ya era demasiado tarde, y recurriendo a la misericordia del sabio, le imploraron perdón.
Vasishtha les dijo: »—La maldición ha de seguir su curso. Aquél de ustedes que decidió tomar la vaca vivirá en el mundo durante más tiempo aunque en plena gloria, pero los otros serán liberados de la maldición en cuanto nazcan.
No puedo retirar mis palabras, pero de esta forma suavizaré vuestra maldición. »
Tras lo cual Vasishtha depositó de nuevo su mente en la práctica de la austeridad y el yoga, cuyos efectos habían disminuido ligeramente por la ira.
La historia del rey santanu:
Había una vez un rey llamado Mahabhisha, de la dinastía Ikshvaku.
Era un rey verdaderamente poderoso que realizó miles de rituales, a consecuencia de los cuales a su muerte se ganó el cielo.
Un día, los seres celestiales se habían reunido para adorar a Brahma.
Allí estaban presentes muchos reyes, incluido Mahabhisha.
Entonces llegó Ganga, la diosa del Ganges y reina de los ríos, para presentar sus respetos al Anciano.
En ese momento una corriente de aire le levantó la falda exponiéndola a la vista de todos.
Ante esto, todos los seres celestiales apartaron discretamente la mirada; todos excepto Mahabhisha, que se complació en contemplar la hermosura de la diosa.
Ganga se sintió halagada por la actitud de Mahabhisha, pero Brahma, al darse cuenta de lo ocurrido dijo: « ¡Desvergonzado!.
Puesto que has olvidado la compostura al mirar a Ganga, habrás de nacer de nuevo en la Tierra. Allí conocerás a Ganga y sólo te librarás de este castigo cuando ella provoque tu ira. »
Mahabhisha no tuvo más remedio que aceptar su destino, y comenzó a planear su reencarnación en la tierra.
Por su parte, Ganga se alejó de allí pensando con deseo en Mahabhisha.
En su camino, se encontró con esos seres celestiales conocidos como los Vasus, que llevaban el mismo camino que ella.
Y la reina de los ríos, viéndoles cabizbajos y compungidos, les preguntó: « ¿Qué os ha pasado? ».
Los Vasus le contestaron: « A causa de una pequeña falta hemos sido castigados por el ilustre Vasishtha.
Como se encontraba realizando su ritual crepuscular, no pudimos verle e hicimos algo que no debíamos.
Pero él lo sabe todo y cuando nos vio nos dijo: “¡Naceréis de un vientre humano!”.
Nada puede evitar que se cumpla lo que Vasishtha pronuncia.
Pero nosotros no podemos entrar en el vientre de una mujer si no es pura. »
Ganga les dijo: « Yo seré vuestra madre.
¿Habéis elegido ya quién será vuestro padre? ».
Los Vasus contestaron: « Un hijo nacerá del rey Pratipa, cuyo nombre será Santanu.
Él será nuestro padre ».
Entonces Ganga dijo: « Exactamente lo mismo pensaba yo.
Le haré a él un bien y al mismo tiempo cumpliré vuestro deseo ».
Los Vasus, alegrándose de oír esto, dijeron: « ¡Alabada seas, tú la de los tres cursos!.
Por aquel tiempo, Prátipa, que era un rey bondadoso, y su esposa, tuvieron un hijo.
Este hijo no era otro que la encarnación de Mahabhisha; y, como era hijo de un hombre que por sus austeridades había alcanzado la serenidad, le llamaron Santanu.
Santanu creció entregado a la virtud, convencido de que sólo mediante los buenos actos se alcanza el cielo.
La historia del rey santanu
El rey Santanu se convirtió en un hábil y ardiente cazador.
Y fue así como un día, mientras cazaba a orillas del Ganges, se encontró con Ganga.
Allí estaba aquella hermosa mujer, de pie.
Con los dedos peinaba sus largos cabellos que le caían sobre el cuerpo como Rahu tratando de cubrir la Luna.
El rey quedó como paralizado, contemplándola absorto.
Se le acercó, y ella, al escuchar el ruido giró, lo miró y un destello hechizante iluminó su cara.
Un momento después volvió a levantar la mirada posando su vista sobre él, y el rey advirtió que a ella le gustaba su compañía.
Se acercó. Tomó vacilante su mano entre las suyas, y le dijo:
—Eres muy hermosa. No sé si eres una diosa, una hada o si eres humana, pero quiero que seas mi esposa.
Soy Santanu el rey de Hastinapura. Me he enamorado de ti y sin ti ya no podría vivir.
Ganga le sonrió y dijo: —Desde el momento en que te vi supe que iba a ser tuya.
Seré tu reina, pero con una condición: jamás te opondrás a lo que yo quiera hacer, sea lo que fuera y cuando fuese.
En el momento en que no cumplas esto me iré de tu lado y no regresaré jamás.
—Que así sea —dijo el monarca enamorado, y la llevó a la ciudad.
Fue para él la esposa ideal: una compañera en todas las ocasiones.
Le complacía inmensamente su encanto, su belleza, sus dulces palabras y sus muchas virtudes.
Perdía conciencia del tiempo cuando estaba con ella.
Pasaron los días y los meses, y en el transcurso del tiempo Ganga concibió un hijo del rey, el cual se alegró en gran manera, pues al fin había nacido un hijo heredero que iba a asegurarle la descendencia de la casta de los pauravas, ocupando en su día el trono.
Se dirigió a toda prisa a los aposentos de la reina.
Pero se le informó de que ella ya no estaba.
Le dijeron que había salido corriendo en dirección a las orillas del Ganges con el niño recién nacido en su brazos.
Él corrió hacia la orilla del río, y allí ante sus ojos horrorizados vio lo que jamás podría borrar de su memoria: Ganga, su amada Ganga, echaba el niño recién nacido al río y en su rostro había una expresión que no pudo olvidar durante varios días, torturándolo de continuo.
Ella sin embargo ofrecía el aspecto de haberse librado de una pesada carga.
Él sentía deseos de preguntarle por qué, pero no podía hacerlo, pues se acordaba de lo que le había prometido en el momento de aceptarla como esposa.
Esta misma escena volvió a repetirse un año más tarde.
Y al siguiente año volvió a suceder lo mismo.
Y así sucesivamente fue arrojando al río los siete primeros hijos del rey.
El rey, sin embargo, permanecía en silencio.
Para el rey, Ganga era toda su vida. Pero igualmente poderoso era su deseo de tener un heredero.
El rey ya no encontraba un momento de paz; y así pasó un año, hasta que el octavo hijo vino al mundo.
Ganga otra vez corrió hacia el río con el niño entre sus brazos y el rey enmudeció de furia y amargura, ya no lo podía soportar más, y sin poderse contener corrió detrás de ella, hasta que la alcanzó, la detuvo y por primera vez la recriminó.
—¿Por qué actúas de un modo tan inhumano? —le dijo lleno de ira—; ya no puedo soportarlo más.
No entiendo por qué destruyes de esta manera a mis hijos. ¿Por qué lo haces? ¿Cómo es posible que una madre mate a su niño recién nacido? Por favor, dame este hijo. Ya no puedo guardar silencio por más tiempo.
Ganga tenía una extraña sonrisa en sus labios. Estaba triste y feliz al mismo tiempo.
Dirigiéndose al rey muy dulcemente le dijo: —Mi señor, ha llegado el momento en el que debo irme. Has roto tu promesa. Me iré inmediatamente.
Este hijo nuestro vivirá. Me lo llevaré conmigo pero te lo devolveré cuando llegue el momento. Le llamaré Devavrata.
El rey la miraba atónito, no podía entender todo lo que le estaba diciendo. Lo único que entendía era que la mujer que lo era todo para él estaba a punto de abandonarle para siempre, sólo porque le había pedido que no matase a su octavo hijo.
Las únicas palabras que pudieron salir de sus labios fueron: —¿Por qué me haces esto? ¿Es que no ves que mi vida te pertenece y que no puedo vivir sin ti? No puedes irte y dejarme abandonado.
En un tiempo me amabas y ahora, en nombre de ese amor, te imploro que no me dejes; por favor.
En el hermoso rostro de Ganga apareció una expresión de dolor, y le dijo: —Mi señor, ¿no entiendes que me voy porque debo hacerlo? Yo soy Ganga y pertenezco a los cielos.
He venido a la Tierra para hacer un servicio y complacer tu deseo.
Yo soy la diosa Ganga, adorada por los dioses y los hombres.
Ellos han sido los ocho hijos que he concebido de ti, y ha sido para tu beneficio que así fuera, pues tú ascenderás a las regiones superiores por el servicio que has hecho a los ocho Vasus.
Mi señor no trates de detener la marea del tiempo. Las cosas que han sido ordenadas han de suceder. Ni tú, ni yo, ni todos los dioses pueden alterar el orden de las cosas que han de suceder.
pero Santanu, un mero mortal, no era lo suficientemente fuerte para sobrellevar tal honor. La mente del rey rechazaba enfrentarse a la verdad.
Se quedó como mudo cuando escuchó lo que Ganga le había dicho. Era demasiado para él. Como consecuencia veía dos cosas: la primera era que Ganga le abandonaría para siempre, la segunda que ahora tenía un hijo, el cual podría ocupar el trono para perpetuar el nombre de los Pauravas.
A Ganga le resultaba fácil adivinar las emociones que pasaban por la mente de Santanu y con una mirada de amor y compasión se dirigió al rey diciendo: —Mi amado, por favor no te apenes, cuidaré muy bien de nuestro hijo.
Será un gran hombre. Será el mayor de todos los Pauravas que hasta ahora han ocupado el trono de la raza de la Luna.
Después de decir esto Ganga desapareció ante sus ojos.
Santanu permaneció durante horas rememorando aquellos momentos lleno de dolor.
Y después de algún tiempo emprendió camino de regreso a su casa con una expresión de resignación, pues sabía que era únicamente la soledad lo que le estaba esperando.
